El amigo James Cook, capitán de navíos británicos por allá el siglo XVIII, se la tuvo que pasar muy bien descubriendo todas estas tierras e islas. Que barbaridad de playas paradisíacas encontró y descubrió este señor y sus hombres y que ahora los mortales como yo disfrutamos gracias a los tours que nos pueden llevar hasta estás playas inaccesibles si no tienes una embarcacion. Como todavía el sueldo no me da para contratar yates privados, me toca compartir la experiencia con la plebe.
Arlie Beach es un pueblecito que básicamente tiene el parque natural de Whitsunday como reclamo turístico y todo el jaleo que tiene el pueblo se debe a este espectacular entorno que atrae miles de embarcaciones para recorrerlo. El pueblo al final se reduce a una marina o puerto deportivo y una céntrica zona de restaurantes, comercios y pubs donde divertirse prácticamente todas las noches.
Más allá de ahí, tienes unas cascaditas a unos 30km pero atraen a menos gente. Yo fui por la reconocidisma playa White Heaven beach, una de las más bonitas de australias con una arena fina y blanca y un agua cristalina.
Como decíamos para poder acceder a estos sitios necesitas un tour, así que no tuve más remedio que contestar uno. También había motos acuáticas, jet Sky, salto en paracaídas, todas estas actividades típicas de Australia.
Con todo los que cuestan los tours y compartir la experiencia con tanta gente a la vez puede provocar decepciones pero no fue el caso de este tour, que a pesar de cumplirse ambas circunstancias, cuando llegas a la playa y ves aquel entorno paradisíaco se quitan las tonterías del dinero y la gente. Además y como siempre, en cuanto caminas un poco nadie te sigue y puedes disfrutar de la experiencia de una manera más íntima y personal.
Bañarse en aquellas aguas cálidas y cristalinas fue todo un lujo que recordaré siempre. Caminar por aquella arena e imaginar lo que sentirían aquellos primeros exploradores que la descubrieron hace ya más de 300 años, me hizo sentir lo relativo y efítmero que es el tiempo y nuestra existencia, y sobre todo lo afortunado que era y soy al poder sentir las emociones de estar allí presente para disfrutarlo.
Todo valió la pena, la gente, el dinero, los ingleses liándola en el barco vaciando todas las cervezas del bar, el egoísmo de algunas personas que cogen platos de comida abundantes que luego les sobran y tiran a la basura privando a otros de probar esas frutas, el largo trayecto y las paradas previas hasta llegar al destino final. Todo, por caminar unas horas por aquel entorno natural y bañarse en las aguas de aquella isla que hace tiempo descubrió un carismático capitán inglés.