Era parada obligatoria. Bayunwangi es el paso previo a dar el salto a la isla de java y normalmente el viajero para aquí para ver una de las extraños fenómenos que tiene la naturaleza y que sólo se pueden ver en dos puntos de nuestro planeta, a saber, Islandia e Indonesia, en el volcán Ijen.
El fuego azul.
Cogí un hostel que yo creo ha sido el más cómodo en cuanto a salir del tren y tener la habitación. Escasos 20 metros separaban el hostel de la estación. Eso sí, un poco retirada de una ciudad de difícil distribución. No sabría decir cuál es el centro neurálgico de la ciudad, pero en cualquier caso tenía una casa de motos de alquiler al lado de mi casa de invitados con la que me movi por la zona.
A pesar de que mi objetivo era ver el impactante fuego azul, lo que más me impacto fue el encuentro con Pery, un musulmán jubilado y adicto a la ajedrez que me encontré, como no podía ser de otro modo, en una especie de club de ajedrez que estaba a pie de carretera. Allí habría como 5 o 6 partidas y muy buen ambiente.
Al pasar al lado del club, eché una par de fotos y rápidamente me pararon para que me quedara allí un rato con ellos, incluso me ofrecieron jugar una partida que no rechacé, qué mejor que conectar con la gente local de esa manera.
Pery, uno de los más avezados, por no decir el mejor del club, estaba echando una partida con otro gallo del corral y mientras su cerebro maquinaba la estrategia para vencer a su rival, él me preguntaba cosas típicas, de dónde venía y qué hacía por allí, en tierras inhóspitas.
Después de un rato hablando, quedar en tablas con su férreo contrincante, me ofreció conocer a su familia en una especie de reunión habitual que tenía lugar todos los domingos. Me quedé dudando unos instantes, pero el verdadero espíritu del viajero está siempre dispuesto a este tipo de situaciones y encuentros. Le dije que por supuesto.
Así que tras empatar con su rival, cogimos su moto y nos fuimos a su casa. Después de un rato callejeando por los laberínticos barrios musulmanes de la ciudad, llegamos a su morada donde la mujer de Pery estaba tranquilamente en sus quehaceres. Me presento, la saludé, y poca conversación tuvimos porque la señora sabía poco inglés, no como Pery si lo controlaba perfectamente. Después de cinco minutos escasos, volvimos a coger la moto y volvimos a las callejuelas y barrios desperdigados de la ciudad, con los ruidos de las mezquitas, las demás motos y los cientos de pequeñajos jugando en las calles.
Tras otros 10 minutos llegamos a otro barrio musulmán. Aquí tuve que bajarme de la moto porque las calles eran tan estrechas que la moto cogía a duras penas. La gente del vecindario me miraba como si un extraterrestre hubiera llegado a su planeta, pero iba con Pery así que no había nada que temer, ni por parte de ellos, ni por la mía. La casa de su sobrino estaba al lado de una pequeña mezquita a la que posteriormente todos irían a echar un rezo, los musulmanes estarían obligados a cumplir con sus obligaciones y acudir a lugar santo o a las malas, echar el rezo en sus propias casa o en el sitio donde te pille. En la casa había un montón de chiquillos, la mayoría con un dispositivo en la mano, que al verme empezaron a saludar con el típico Hello!. Los padres y madres de estos también andaban por allí y fui presentado en sociedad, aunque evidentemente no me acuerdo de ni un solo nombre. Tras unos 10 minutos charlando con ellos, con los que sabían algo de inglés, desde la mezquita se escuchó por megafonía la llamada al rezo, así que casi en un pestañeo, me quedé solo en la sala donde estábamos hablando y me solo los enanos de quedaron conmigo. Había uno que era especialmente movido, muy simpático al mismo tiempo que muy vacilón. Me hizo jugar desde su móvil al juego de disparos que tenía, tipo Calle of Duty. Para aquellos que no lo sepan, es un juego de disparos donde el jugador en primera persona, tiene qu ir matando enemigos y consiguiendo sus objetivos para ir pasando a diferente zonas. El enano se desenvolvía a las mil maravillas, yo era torpe y me mataban a la mínima.
Tras unos 10 minutos, la sala se volvió a llenar de gente y fue cuando salió la comida, y sin mediar palabra, recibo un plato con arroz, pollo, verduras y algunas viandas más que el pequeñajo vacilón me iba diciendo lo que eran. Al hablar el chiquitillo, unos 8 años, y hacerme gestos de que comiera, todos los demás de las sala se desternillaban, me imagino porque entre tantas cosas qu me decía muchas de ellas serían vacile para el extranjero. Pero era muy gracioso.
Luego me dieron un te frío y terminado la reunión con una foto familiar. Fue una tarde para el recuerdo y una de las mejores maneras de conectar con la amable y hospitalaria gente indonesa. Pery me llevo a mi hostel y nos despedimos con el típico intercambio de móviles.
Que bonito es encontrar a gente que ofrece su casa para que conozcas su cultura y sus costumbres a cambio de nada, sin circos, sin tickets y sin representaciones. Algo real y auténtico.