Había llegado el momento, después de pasar por los Alpes, nuestro siguiente destino era Fuji uno de los momentos cumbres de nuestro viaje ya que teníamos mucha ilusión de ver de cerca esta montaña sagrada. E incluso poder subirla.
La llegada desde Takayama hasta kawaguchiko, que es el pueblecito a pies de la montaña Fuji, fue muy cómoda gracias una vez más a la fantástica red de transportes de este gran país. En esta ocasión fue la compañía Lemon Bus la que nos llevó de manera directa desde Takayama hasta Fujikawaguchiko. Teníamos serias dudas de cómo llegar desde Takayama hasta este pueblo porque había que hacer muchas combinaciones pero encontramos este bus directo que hizo el trayecto en cinco horas y media aunque podrían haber sido cuatro si no llega a parar tres veces. El autobús prácticamente era para nosotros porque solo otra pareja de españoles hizo el mismo trayecto. Íbamos solos íbamos fresquitos e íbamos muy cómodos porque los asientos de este autobús eran súper espaciosos y podías estirar las piernas perfectamente.
Una vez llegamos al destino nos fuimos directamente al hotel que estaba enfrente de la parada de autobuses y de trenes. Una ubicación perfecta. Todavía fue mayor la sorpresa cuando desde nuestra habitación abrimos la ventana y nos encontramos con el gigante enfrente de nosotros. Una maravilla poder despertarse con esa montaña sagrada todos los días.
Como no sabemos estarnos quietos, eran las tres de la tarde dejamos nuestras cosas en la habitación y salimos a patear la ciudad Hicimos una primera toma de contacto por el lago (uno de los cinco que da nombre a la zona, los cinco lagos) y como había estado haciendo muchísimo calor durante el día, como semanas y días anteriores, descargó lo más grande y tuvimos que coger unos paraguas del propio hostel para poder caminar sin empaparnos.
Empezamos a caminar alrededor del lago, y con eso de que la zona era muy bonita y que era comodo el paseo, al final casi nos hicimos medio lago gracias a un puente que lo atraviesa y pudimos volver al punto de partida. Alli buscamos algún sitio donde comer algo y encontramos lo que sería nuestro restaurante de referencia. Allí nos tomamos dos Asahis y dos buenos platos de Eel, una comida que llevábamos tiempo intentando probar pero que se nos había resistido. El eel es un plato típico de Japón y consiste en una anguilqa a la brasa con una base de arroz y una salsa especial de soya. Repetiríamos en ese garito al día siguiente.
El segundo día de Fuji lo dedicamos a la pagoda Chureito, a la que se llega en tren en 15 minutos y desde donde puedes obtener unas vistas increíbles de la montaña y la pagoda. Llegamos muy pronto cuando prácticamente no había nadie y nos permitió disfrutar en solitario de ese magnífico punto. Después nos recorrimos el lago, está vez el lago completo, gracias a unas bicis que nos alquilamos desde las 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde. Les sacamos el mayor rendimiento posible porque dimos toda la vuelta al lago con sus paradas incluidas y después nos fuimos a lo que podríamos llamar la primera estación del Monte Fuji, donde se puede apreciar un poquito más de cerca el gigante japonés.
Al día siguiente, llegó el gran momento de decidir si subir al monte Fuji o no. No lo teníamos claro y dijimos, «bueno vamos para allá, a la quinta estación y allí vemos si el tiempo nos acompaña y si nos apetece subimos», así como el que va a dar una vuelta. Estamos hablando de una montaña de 3760 metros, y aunque el acceso y el camino de su vida hasta la mismísima cima es muy accesible, es una montaña dura y exigente. Los dos sabíamos que finalmente acabaríamos subiendo pero nadie decía nada y según se acercaba el autobús al final de la parada nos mirábamos diciendo «al final vamos a subir y no vamos preparados». Efectivamente, cuando llegamos a la puerta del parque natural y vimos que el día estaba despejado nos miramos y dijimos, «Pa dentro» y así después de seis horas de dura subida acabamos en la cima del cráter con unas vistas espectaculares, con las piernas destruidas y con los dedos de los pies con ampollas y rozaduras. La satisfacción de haber conseguido llegar hasta el cráter supera con creces la dureza de la ascensión y la recompensa es una sensación de logro muy gratificante.
La bajada no fue menos dura nos llevó unas dos horas de incómodo descenso por arena suelta que hace que las rodillas sufran muchísimo y que una vez más nuestras preciosidades como así llamábamos a nuestras zapatillas de trekking sufrieran de lo lindo durante dicha bajada.
Esa tarde y a modo de recompensa final había en el pueblo unos fuegos artificiales que habían sido anunciados días antes y que atrajeron hasta la televisión del país. Los chiringuitos de comida se dispusieron a lo largo de la calle principal que da al lago y el ambiente era festivo como dando comienzo a las vacaciones de verano para los nipones.
Nos tocaba marchar, dejando atrás tres bonitos días alrededor del Fuji y y sobre todo la gran sensación de haber subido hasta su cráter.
El siguiente destino era Hakone otro de los puntos más turísticos del país y donde íbamos a estar otros dos días. Desde Fujikawaguchico hasta esta localidad tuvimos que tomar dos trenes y un autobús que nos llevaron aproximadamente dos horas y media. Hakone está ubicado en una zona montañosa caracterizada una vez más por la potente frondosidad que cubre todo el país. El reclamo más importante de la zona es el lago Ashi y las zonas volcánicas donde se puede hacer un recorrido por las fumarolas de azufre y degustar el producto estrella de la zona que son los huevos negros, unos huevos que han sido cocidos en agua hirviendo de azufre que le dan ese color tan particular.
Y para finalizar nuestro viaje cerramos el círculo en un pueblecito cercano a Tokio llamado Kamakura donde hay un montón de templos y un atractivo especial que es el Gran Buda. Después de todo el recorrido nos pegamos un gran baño en la playa de Kamakura y cenamos en un de los muchos chiringuitos de playa que tienen instalados en la propia arena, parecía que estábamos en nuestro país en la zona de Levante.
Al día siguiente, pusimos rumbo a Tokyo para pasar la noche en un hotel cercano al aeropuerto de Narita. Allí, se bifurcarian nuestros caminos. Rocío volvería a España y yo seguiría la aventura de Meridiano77
Un lujo de país y de viaje.