El tren desde Guilin no salía hasta las 14;30 y las 6 horas de viaje iban a hacer que llegara a Fenghuang de noche. Entre que salí de la estación, busqué el bus urbano y llegué hasta el pueblo me dieron las 21.30. Dejé las cosas en la habitación, está vez privada, y salí con la intención de comer algo y volver rápido a dormir.
Los planes cambiaron cuando baje por la callejuela que desde mi hostel llevaba a una de las entradas de la Ciudad antigua de Fenghuang. Al girar la curva para entrar la boca se me quedó abierta al contemplar aquel espectáculo de luces que hacían brillar aquel pueblo como si fuera la misma noche vieja en España.
Esta Ciudad Antigua de Fenghuang está partida en dos por el río Tuo. A ambos lados del río hay casitas medio flotantes en el río, sujetadas por zancos de madera que las dejan suspendidas en el aire. Los múltiples puentes te permiten cruzar de una rivera a otra y seguir caminando río arriba o abajo para ver cómo los pescadores de la zona lanzan sus cañas en busca de la cena del día.
Las pequeñas embarcaciones que ayudan al soporte turístico de la zona van cargadas de ávidos turistas en busca de la mejor foto, ya sea por la mañana con el encanto del pueblo al ser de día o por la noche con las espectaculares luces que alumbran todo el pueblo.
Aquella noche como cualquiera otra, compré en un puesto callejera un chorizo, que aquí en vez de ponértelo entre dos trozos de pan, te lo ensartan en una palo a modo de pincho moruno y a correr. Como parecía que me estómago no se había saciado a pesar de lo grasiento de aquel chorizo, en otro puesto pedí una especie de torta de camarones. más grasiento aún. A medida que me lo iba comiendo más grasa notaba y más rechazo me causaba pero imnotizado por las luces y el ambiente nocturno del pieblo, ta to mi estómago como mi cerebro habían desconectado de toda digestión o alarma de ingesta tóxica.
Al día siguiente me desperté pronto, una vez más, y salí a caminar todo el pueblo de arriba a abajo observando todos los detalles de los puentes, la gente local en su día a día alrededor del rio, unos con la pesca otros transportando a la vieja usanza china algunos productos para vender, es decir, una Bara de bambú se ponen detrás de los hombros y colgando de cada extremo ambas cestas con los productos a vencer. Ese bambú es un material increíble, no sé cuánto peso será su límite pero entre ambas cestas había más de 50kg seguro. Se flexiona y aguanta casi lo que le eches.
Total, iba haciendo fotillos algún dibujo de los que de vez en cuando me paro a pintar y pasando un día agradable mientras notaba que mi cuerpo cada vez iba perdiendo más fuerzas, que no tenía ganas de comer y que la posibilidad de vomitar eran como crecientes. En esos momentos, ya tirando a la tarde noche, recordé la dichosa torta de camarones y el chorizo con mucho asco. Cada local de comida o ada olor me hacían recordar aquella ingesta tóxica y cuando termine de hablar con mis sobrinas me fui a la habitación para expulsar la bicha que llevaba dentro.
Quizá ha sido el primer día donde realmente me he encontrado mal pero pasados unos días todo volvió a su servicio y aquel mal momento se queda en una anécdota ya casi olvidada en favor de las luces y de un pueblo precioso.