Nuevo país, nueva ciudad, nueva moneda, nuevo idioma. Otro reset en el viaje.
Cada vez que cruzas la frontera de un país, pasa como en esos vídeos juegos que te dan vida extra o más tiempo para completar la siguiente fase. Es un subidón de energía renovada con nuevas ilusiones por descubrir un país desconocido. Y así llevamos ya unos cuantos.
Además, el viaje desde Krabi a George Town fue bastante movido, o épico, segun lo queramos llamar. Como siempre había dos opciones la fácil y no especialmente cara, que era coger una mini van desde el hostel hasta la ciudad destino, o la opción engorrosa, larga, incómoda y no especialmente barata de coger varios transportes locales. Somos unos románticos del viaje, así que elegí la segunda opción.
Me desperté a las 5.50am para prepararme y salir a la calle en busca de la camioneta que pasa a eso de las 6.30am y que me debería llevar a la estación de buses de Krabi. Después de subir y bajar la calle buscando y esperando a dicha camioneta porque no sabía si venía por arriba o por abajo, me senté en uno de los bancos de la acera y fue ella quien me pito para que me subiera. Serían casi las 7am y la camioneta llevaba 6 pequeñajos de entre 10-15 años que iban al cole de Krabi. Me sorprendió ver a tan pequeños colegiales en la camioneta a esa hora para hacerse sus 40 mimutos antes de llegar a la escuela, pero esto es así aquí.
Llegada correcta a la estación de buses y el minibus estaba casi listo para salir. Allí me esperaban 5 horitas de carretera hasta Hat Yai, casi última ciudad tailandesas antes de la frontera con Malasia. Llegó a la ciudad unos 20 minutos antes de que saliera el tren que me llevaría a la mismísima frontera, y estaba a 1 hora caminando desde la estación de buses, así que cogí una moto taxi, y después de regatear el precio me dejó por 60 bats en unos 10 minutos. Me quedaban otros 10 para coger ticket de tren, suficiente.
El tren, para mi asombro, iba bastante lleno de gente Malaya y algún que otro occidental, romántico de los viajes que como yo decidió que un cambio de frontera terrestre bien merece esas penurias, retrasos e incomodidades que suponen los trayectos en transporte local.
Los trámites en frontera rápidos e indoloros. Todo fino. No visa, no tasas. Lujo.
De allí otro tren, este con un fuerte aire acondicionado y tipo metro que todos conocemos, me dejaría en casi dos horas en el ferry que me llevaría a la ciudad (isla) de George Town. Total, unas 10 horas de viaje, sin mucho ahorro económico respecto de la Van pero con la satisfacción de hacer el viaje conectando con el país y la gente de la zona.
Una vez dejada la mochila en el hostel salí a dar una vuelta y en un momento determinado, mientras caminaba por la calle repleta de vibrantes mercadillos nocturnos, me paré y empecé a mirar a todos lados. Yo me preguntaba, ¿Estaré dentro de una película y soy el protagonista como en el Show de Truman?
Al mirar a mí alrededor solo veía chinos, y más chinos. Pero, no puede ser, me decía a mí mismo. Esta gente me sigue. Pero si esto parece China, me están vacilando o qué. No daba crédito que los tuviera otra vez como compañeros de viaje cuando tan saturado había quedado tiempo atrás.
Como lo de la película era mucha fantasía, me senté por allí en un chiringuito indú a comer y le preguntaba a la IA el motivo de que hubiera allí tanto chino.
Todas mis dudas quedaron resueltas.
Al parecer, durante el siglo XVIII, un capitán de navío británico, de dónde sino, creó aquí un puerto marítimo libre de impuestos, una especie de duty free. Al irse haciendo famoso, los chinos vieron una oportunidad de negocio en estas tierras y empezaron a venir en masa, creando clanes que se iban asentando en casas flotantes en los muelles de la ciudad. Con el paso del tiempo esos chinos echaron raíces con gente Malaya y se creó un mestizaje chino-malayo dando lugar a una cultura llamada Perakan. Duda resuelta, los chinos se buscan la vida como nadie.
Otra de las comunidades muy enraizadas en George Town es la indú. Hay muchísimas referencias en la ciudad, con templos indus, restaurantes, tiendas de ropa, etc y el motivo está relacionado con la explicación anterior. Al ser el capitán de navío a británico, el control de la ciudad no se llevaría desde Londres como en otras colonias, sino que sería desde Calculta, que también era una gran colonia británica, la que haría la administración burocrática de la ciudad. Eso genero un puente entre la India y George Town y provocó la llegada de miles de personas para trabajar de manera voluntaria y en algunos casos forzada.
George Town, nombre en honor al rey Jorge que reinaba en el Reino Unido en ese momento, tiene la etiqueta de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Si casco histórico tiene ese mezcla culturar apasionante en la que te puedes encontrar una mezquita, un templo budista y una iglesia católica en la misma calle. Su arquitectura tiene mezcla China y Malaya con muchas calles con soportales para evitar la tremenda lluvia de los monzomes en la temporada húmeda. Los colores de las casa se alternan dando una sensación, antaño, de arco iris, porque a día de hoy esos colores solo se intuyen. Como siempre las ciudades de la UNESCO tienen ese aire decadente, como si hubieran quedado ancladas en el pasado.
Disfruté mucho la ciudad y sus alrededores con una bicicleta local que me alquiló un paisano en una tiendita muy céntrica y que tiempo atrás habría formado parte del parque de bicis del ayuntamiento de otra localidad. Ahora era libre y estaba en mis manos llevándome por las calles de arte callejero, por el paseo marítimo, por las casas más famosas de los clanes chinos, e incluso me llevo hasta la base de Penang Hill, una colina desde la que se puede ver casi toda la isla y desde donde se puede disfrutar de una naturaleza exhiberante cona fauna típica de la zona, sobre todo monos y ardillas gigantes.
El momento especial en George Town no fue la propia ciudad, ni la bici, no siquiera la comida, sino la limpieza de la mochila de mano que llevo conmigo. Ya tenía 7 meses desde que salió de casa y no había visto el agua y el jabón en todo ese tiempo. La mochila sufre el maltrato del día a día, y su color azul con cremalleras naranjas se había ocultado bajo una capa que había pasado de suciedad a mugre. Ese momento en el que pude lavarla en un cubo con jabón que tomé prestado en el hostel y volver a sacarle sus colores originales fue un momento mágico.