Pensé que me moría cuando a media noche, en aquel viejo cascaron oxidado repleto de mercancías para la isla de Koh Tao, mi estómago me jugaba una mala pasada.
El día había sido largo, salía muy pronto desde la estación de buses de Kanchanaburi en dirección a Bangkok, para coger otro bus que desde allí me llevara a Chumphon, el muelle desde el que sale el ferry nocturno a la isla de Koh Tao. Durante el camino, y como es habitual en los buses de Tailandia para trayectos largos, se te ofrece una comida gratis en la parada que hacen a mitad de camino. Aquello que me dieron de comer solo tenía un nombre, bazofia. Y yo tenía hambre.
Llegué a Chumphon sobre las 19.30h y el ferry salía a las 21h. Tenía tiempo pero tampoco sabía muy como llegar hasta el muelle y por si acaso, dadas las horas y la noche cerrada que ya teníamos, cogí un tuk tuk que me dejó 10 minutos después en el recóndito puerto desde donde salen los barcos a la isla. Allí estaban cargando el barco con suministros, y yo mientras, cogí el ticket y me comí un pequeño bote de noodles instantáneos con el agua caliente que me dieron en la misma recepción donde haces el checkin.
El barco tenía dos plantas de literas y una zona para los camiones y la mercancía. Cada planta de literas, tendría unas 40 camas y yo tenía la número 44, superior, pegada al aire acondicionado, que como siempre, estaba potente. La sala no estaba llena, ni mucho menos, y los que habían, en su mayoría, era gente local.
El barco zarpó puntual a las 21h y tenía previsto su llegada a las 5am. Salí a cubierta para ver el recorrido por el canal hasta llegar a mar abierto y despues, tras pasar por zonas de pescadores, lonjas y demás, me fui a la habitación. Todo apuntaba a un buen sueño. El día había sido largo, la litera era aceptable y los ruidos del motor mitigarían cualquier conato de oso roncador.
A las 2am, un meneo al estómago hizo que me despertara con ganas muy serias y preocupantes de ir al baño. Intenté engañar a mi sistema alegando que la situación en caso de obedecer al estómago se iba a poner truculenta en aquellos baños tan poco ortodoxos. Por un momento, el sistema decidió retrasar la situación hasta la llegada a los baños del hostel que estaba ubicado al ladito mismo del puerto, y se relajó permitiéndome dormir una hora más, pero a las 3am, un segundo llamamiento urgente no iba a conceder súplica alguna y requeria de intervención inmediata.
Muy urgente, casi sin tiempo para pensar, nada más que lo justo para coger de la mochila las toallitas necesarias, tan útiles en este tipo de emergencias, bajé de la litera con la mayor suavidad posible para no avivar a la bestia y fui corriendo en la oscuridad hasta la puerta de salida de la habitación. Tras cruzarla, la barandilla del barco y el estenso mar en total oscuridad, soliviantado por el viento y el ruido del motor. A la izquierda un letrero que indicaba «Toilet». Descalzo y con todo el esfuerzo que suponía retener aquella emergencia, salté el pequeño escalón que daba acceso al interior de cubículo emitiendo un quejido, mitad rechazo, mitad alivio.
Agarrado como pude a las barandillas del baño y con los pies bien ubicados en las zonas marcadas para no salirme del camino marcado por los bamboleos del navío, conseguía liberar a la bestia que se había ido forjando desde aquella bazofia que me habían dado horas atrás. El inicio del viaje por el golfo de Tailandia no podía ser mas épico.
Las islas de Koh Tao y Koh Phang Ghan son pulares destinos para determinados grupos de países como los israelitas o rusos, que sumados a los ya habituales alemanes, franceses y británicos colapsaba la isla. Aquí, y al contrario que en el resto del pais, me encontré con muchos españoles que llamados por las playascy la fiesta acuden a estos islotes para dar rienda suelta al despelote.
Mucha fiesta, mucho bolao y mucho fumao me encontré por la isla así como los típicos viajeros de postureo y algunos que otros tours para mayores. Todo ello formando un batiburrillo que hacen de estas islas un lugar especial.
Ni que decir tiene que la naturaleza de ambas es genial y sus playas una maravilla. Además las dos, Koh Tao más, tienen el aliciente del buceo, donde cientos de barcos y escuelas de submarinismo ofrecen sus servicios a los ávidos turistas sedientos de experiencias que coleccionar. Era tal la cantidad de gente buceando que preferí hacer uso del equipo de snorkel que llevo conmigo a meterme en un barco de alguna de estas agencias y saltar al agua para ver más aletas de personas que peces. Aún así, los letreros de «Cuidemos el océano» y «Protejamos los arrecifes» están presentes como eslogan en muchos de los sitios que se prestan al buceo pero la pregunta es como vas a hacer sostenible esta actividad si casa día miles de personas se lanzan, algunos son conocimiento ni sentido común, a las cristalinas aguas de este golfo. Puro postureo. Dame el dinero y luego ya si eso cuidamos el arrecife.
Aún así, sin la necesidad de entrar en un atestado barco, y haciendo snorkel por tu cuenta, puedes ver cosas maravillosas como una tortuga enorme y otras criaturas submarinas.
Las playas también son muy chulas pero una vez más, de salvajes y remotas ya quedan pocas o ninguna porque cientos de taxis, ya sean terrestres o marinos, cubren los lejanos y dificiles trayectos y accesos que distan a esas playas vírgenes convirtiéndolas en coleccionables puntos de visita. Es lo que tiene la temporada alta y evitar el mal tiempo que supondría otras épocas del año.
En cualquier caso, y como siempre, tenemos la fortuna de saber separarnos del rebaño y conseguir puntos tranquilos, que quizá no sean los más bonitos, pero sí los más reconfortantes y que te permiten conectar con la naturaleza y el entorno, haciendo del viaje y la jornada lo más auténtica posible.