No sé muy bien cómo empezar a hablar de Hong Kong. Diré que ha sido uno de los momentos del viaje donde me he dado cuenta de lo que estoy haciendo. De sentir lo afortunado que soy por estar viviendo todas estas experiencias y sentirme orgulloso de esta fantástica aventura.
Caminar por el paseo de las estrellas por la mañana o por la noche es una experiencia inolvidable. Ver esos rascacielos, esas luces, la brisa fresca del mar mientras atraviesas en ferry la bahía Victoria para llegar a Hong Kong central. Por no hablar del auténtico jaleo que se montan los domingos o festivos cuando la población indonesa y malaya, que es mucha y habita en Hong Kong, fundamental mujeres que cuidan y limpian casas de Hongkoneses, salen a socializar por la zona Mok Kon, juntándose en grupos para comer, jugar a las cartas, cantar o simplemente hablar.
El contrasete de la ciudad es único, los modernos rascacielos de la zona financiera de Hong Kong cemtral, se entremezclan con los tranvías y mercadillos, los bares bohemios y animados del soho dan pie a grandes centros comerciales con tiendas de marca, y todo ello vigilado desde las alturas del victoria peak, que como un gran hermano, controla lo que pasa en casa rincón de la ciudad.
Fueron días apasionantes y al mismo tiempo divertidos. Estuve alojado en un hostel muy curioso, era un gimnasio de kung fu donde había clases por las tardes noches. Mi habitación compartida eran los antiguos vestuarios del gym y tenía que esperar a que terminara la clase para poder ducharme y no pasar medio desnudo por medio de los alumnos. Allí, el maestro Sifu, al mismo tiempo que llevaba el hostel, impartía clases a sus alumnos desde una butaca. No era como el señor Miñagi, este era más cómodo y veía la evolución de sus pupilos desde la butaca y cuando veía alguna maniobra incorrecta, se levantaba y corregía. Estuve allí 4 noches, tiempo suficiente para que el maestro sifu me conociera y saludara todos los días cual pupilo de sus clases, con el típico salido de respeto de las artes marciales. El hostel era muy muy básico y humilde, tanto que en la puerta de la terraza que daba a otra especie de lugar de entrenamiento exterior tenía un cartel que decía: «cerrar la puerta al salir para evitar que entren las ratas». Yo no llegué a ver nunca ninguna pero al parecer alguna se habrá colado algún día. A pesar de todo estuve muy cómodo y la ubicación era privilegiada. El precio de la noche eran 20€, triplicando así cualquier hostel en China. Hong Kong es caro.
Otro mítico que me hizo ilusión visitar, fue la estatua de Bruce Lee, un referente en las artes marciales, no por sus combates sino por la influencia que ha tenido en la expansión del kung fu más allá de las fronteras chinas. Su idea de coger lo mejor de cada arte marcial y crear su propio estilo, no gustó a la vieja guardia y eso finalmente le trajo problemas, incluso la muerte que como todos sabemos, llegó de manera misteriosa durante el rodaje de una película de las muchas que protagonizó. Su frase mítica, «be water my friend», es decir, «Se como el agua», dando a entender que seas flexible y te adaptes siempre a las circunstancias, como ese líquido elemento, fue la piedra angular de sus enseñanzas y de su filosofía. Cada día, cuando me despertaba y bajaba a desayunar a la bahía Victoria, me pasaba por la estatua y le daba los buenos días al gran Bruce.
Las experiencias más significativas en Hong Kong fueron pasear por la bahía tanto en una rivera, la de Kowloon, como en la otra, Hong Kong Central. Al atardecer y anochecer son realmente gratificantes. También fue muy intenso caminar por los mercadillos de Nathan Road entre medias de los rascacielos, o encontrar a cientos de malayas e indonesas «tiradas» en el suelo sobre una especia de manta de plástico, compartiendo comida y juegos con otras compatriotas los días festivos, como os decía antes.
A la hora de comer, solía elegir centros de comida municipales. son como edificios donde hay pequeños restaurantes donde se reúne gente local a comer de una manera más económica que en los restaurantes de la calle. en un principio, el aspecto de las cocinas, mesas y del escenario en general puede impresionar, o si eres un poco escripuloso, incluso causar rechazo, pero una vez que está metido de lleno en un viaje asi, los escrúpulos se guardan al final de la mochila grande y eso te permite disfrutar de auténticas experiencias locales como está que os cuento. y además ahorrar dinero.
Me imagino que os sonará la película Blade Runner, donde un joven Harrison Ford, es un policía que tiene que buscar y eliminar a los replicantes que se están revelando contra los humanos en una era futurista ambientada, bajo mi opinión, en una ciudad como Hong Kong. Al principio de la película, sale Harrison Ford, tomando unos noodles en un garito muy local a los pies de los rascacielos y bajo la lluvia. Ese garito realmente no existen en Hong Kong pero quería encontrar algo similar, así que sale a la calle por la noche con la intención de comer algo en algún sitio parecido. Con tanto mercado callejero y con tanto rascacielos de apartamentos, no imaginemos que son todos rascacielos modernos de oficinas, no, son viviendas de Hongkoneses, no es difícil encontrar algo simialr, así que sólo me faltaba el aspecto de Harrison Ford para ser el protagonista de la película, aunque bastante tengo con ser el protagonista de la miay buscarme la vida cada dia.
Después de cuatros días intensos y fantásticos, me tocó dejar la ciudad con cierta pena, pero la vida sigue y como dice Bruce, «be water my friend», adáptate a las circunstancias y disfruta la vida.