La capital de este fantástico país está dejada de la mano de Dios. Los alardes de supervivencia que tienen que hacer la mayoría de los lugareños es gigante, a veces ni siquiera suficiente para mantener una vida digna. Y solo estuve en zonas del centro histórico y algunos mercados de los alrededores. Meterse en la manila profunda puede ser sobrecogedor.
Llegué a media tarde y me fui al único lugar atractivo que tiene la ciudad, un mall llamado SM Mall of Asia, uno de los más grandes del sudeste asiático y allí me metí en el cine, como es habitual en las grandes ciudades a las que voy, y entré en Proyecto Salvación o Hail Mary Project en su versión inglesa que es el idioma en el que se emiten todas las pelis aquí en Filipinas. Por eso hablan también el inglés.
El hostel lo tenía en uno de esos mercados que no te dejan indiferente situado entre la terminal 1 y 2 del aeropuerto internacional de Manila.
Al día siguiente, fui al centro histórico, por llamarlo de alguna manera. Lo que se conoce como intramuros, es decir, lo que era la Manila antigua amurallada de la época de los españoles. Podría haber estado bien, podría estar mejor conservada, podría incluso ser atractivo turístico, pero la zona está decadente, en medio abandono y solo se destacan la catedral y algún edificio colonial. Poco más en esta zona de la capital, una pena para ser el punto de entrada a un país tan bonito.
De camino al hostel tuve la idea de irme en metro hasta la estación más cercana y de allí andar hasta el hostel. Durante el camino, entre avenidas grandes y Scalextric clásicos de los años 80 en España, me encontré con un joven de unos 18 años que parecía cuidar a otro más pequeño de unos 5 o 6. El aspecto de ambos era, cuanto menos, desolador y no pude por menos que quedarme observando al más pequeño. Descalzo, sin camiseta y cogiendo colillas del suelo, empecé a pensar la suerte de nacer en un lugar, o en otro del mundo, y en una determinada familia o en otra. ¿Cómo ese pequeñajo había llegado a esa situación? No le di muchas vueltas porque la vida es injusta por naturaleza y fui a comprar algo de comer para esos dos muchachos. Me costó encontrar una tienda de comida con algo caliente y cuando volví al mismo lugar, habían desaparecido. Seguí andando hacia adelante, en sentido contrario al de mi hostel, por donde había venido, y a los 5 minutos me encontré en una boca al mayor. Le pregunté que donde estaba el enano y me hizo gestos apuntando en su dirección. Le dije, «dile que venga qu os eje comprado algo de comer». El mayor lanzó unos gritos que resonaron en toda la calle y el pequeñajo llegó corriendo con los ojos abiertos como platos. Al ver que había comprado una especie de pincho moruno y una Fanta de naranja para cada uno, su cara se tornó con la expresión de: «me ha tocado la lotería está tarde!». Y es que la supervivencia de la que hablamos antes la tienen que sufrir, niños, mayores y ancianos.
Y esto es solo una pequeña muestra de las señales de supervivencia que te puedes encontrar en esta enorme capital tan desamparada.