Mapa de la zona
Crónica
Port Barton y el no hundimiento de Puertiman, o sea, yo. Llegué a Port Barton a medio día y después de ubicarme en el hostel, una especie de home stay basado en pequeñas cabañas, me fui a recorrer el pueblo y las playitas de su alrededor. El pueblo todavía conserva algunas calles de arena, eso le da un toque especial, un toque antiguo y por supuesto auténtico. Después de comer en el chiringuito de una señora, me fui a la playa del pueblo. Allí me tuve que refugiar de la tremenda lluvia que cayó ...
Port Barton y el no hundimiento de Puertiman, o sea, yo.
Llegué a Port Barton a medio día y después de ubicarme en el hostel, una especie de home stay basado en pequeñas cabañas, me fui a recorrer el pueblo y las playitas de su alrededor. El pueblo todavía conserva algunas calles de arena, eso le da un toque especial, un toque antiguo y por supuesto auténtico.
Después de comer en el chiringuito de una señora, me fui a la playa del pueblo. Allí me tuve que refugiar de la tremenda lluvia que cayó durante media hora, luego cielo despejado y atardecer de cine, como casi siempre en Filipinas. Las dos playas que hay contiguas a la de Port Barton son muy bonitas, coco beach, os podéis imaginar, y White beach. Ambas hacen honor a sus nombres, la primera por estar rodeada de cientos de palmeras y la segunda por tener esa arena blanca y agua cristalina. Dos lujos de playitas a 20 minutos andando por la costa con la marea baja atrevesando un pequeño manglar que hay entre el pueblo y estas playas.
La oferta de sitios para cenar es abrumadora, no sabes dónde meterte. Mi filtro, los precios. Y si funciona bien el primero donde me meta, repito todos los días ahí. Me tratan cada día mejor e incluso hasta me hacen algún precio. Fue el caso de un chiringo donde había una pasta muy buena a precio filipino.
Y el día siguiente, fue el día de marras. Ese en el que parecía que puertiman, osea, yo, yacía para siempre en el fondo marino entre la isla que emerge al caer la marea, Starfish, y la isla Colapsay. Os cuento la historia.
Me levanté como siempre, sobre las 6am y desayuné mis cereales habituales, que compro en alguna tienda del pueblo que toque, con su correspondiente leche y el ya clásico en Filipinas Kopiko, un café soluble con fórmula tri-action, es decir, el propio café en polvo, el azúcar y un especie de crema para darle un poco de cuerpo. Desde que lo probé, todas las mañanas cae uno porque siempre hay agua caliente en los sitios por donde paso.
Después del desayuno, me fui a ver quién me alquilaba un kayak por el pueblo, más bien por la playa, y como si esta gente leyera los pensamientos, un paisano de un garito cerca de la playa me dice, ¿quieres un kayak para pasar el día? Yo pensé, ¿pero esto es el Show de Truman o qué pasa aquí? Parece que llevo escrito en la cara que quiero pasar el día en Kayak. Total que tras un regateo, convengo un precio que yo creo que es adecuado y me acompaña a la playa donde me está esperando un kayak amarillo, uni personal, flamante. Le pago y me suelta que «a las 6pm aquí». jajaja pocas más explicaciones. Tampoco es que me hagan falta, ya estamos mayores y sabemos cómo funciona el tema kayak, que suele tener como mínimo un compartimento estanco, libre de agua, para dejar tus cosas. Este tenía dos, pero ninguno era estanco. Primer error de los dos que cometería.
Día super claro, calorcito, día ideal para kayakear. El destino con el que partía era el de ir a Starfish, una isla que tiene cientos de estrellas de mar. De camino , iba por la orilla e iba parano en las pequeñas playas inaccesibles de otro modo y disfrutando de la soledad y el silencio, solo interrumpido por el ruido de las pequeñas olas y algún pájaro de la isla. Después de esas mini playas empecé a remar con destino a Starfish, pero como la marea estaba alta me la pasé de largo y seguí remando hasta la tierra que se veía enfrente, la isla Colapsay, a un buen rato en kayak, unos 3.5km, yo no veía el final de llegar nunca. Me puse en modo, nuestro más famoso piragüista, Saúl Craviotto, y me recorrí los casi cuatro kilómetros en una hora y media o así. Estaba reventado, yo pensaba: «mañana unas agujetas que no voy a poder ni coger una cuchara». Pero mereció la pena. Estaba solo en una isla con una playa kilométrica de palemes y aguas cristalinas. Después de darme un buen baño y relajar músculos me fui con el kayak bordeando la isla a explorar a ver qué encontraba. Y encontré una aldea de pescadores, de lo más auténtico del viaje, formada por unas diez o quince familias, donde la iglesia del pueblo era una pequeña choza hecha de uralita con tres bancos de madera en su interior y un cristo en un altar improvisado, pero lo mejor era «la plaza» del pueblo, una pequeña zona abierta con espacio para un par de canastas de madera, una de ellas huérfana de aro, sujetadas milagrosamente por sendos palos que parecían decir que ya no aguantaban más el peso de los tableros. Y un par de pequeñas casas tenían una doble vida, como tiendita y como morada de aquellos que vivían en su interior.
Me sorprendió ver a decenas de pequeñajos corriendo y curioseando con el forastero, que al verme la cámara, acudieron a solicitar su momento de gloria en la pantalla. Allí estuvimos haciéndonos fotos y selfies al mismo tiempo que les regalaba caramelos que siempre llevo conmigo para estas ocasiones. Yo pensaba, qué diferentes infancias podrán tener estos enanos y los de España. Lástima que los selfies quedarán en el móvil antiguo. Pero igual, mi amigo Yerai me los recupera.
Total, que después de jugar un rato con los más pequeños del pueblo, me fui a la casa del señor que me recibió al principio y me dio de comer una sardina, un cuenco de arroz y un a tortilla francesa con vegetales dentro. Me supo todo a gloria por haber vivido aquel momento.
Después de llenar la tripa y estar tumbado un rato en aquella playa/aldea miré el reloj y pensé que era hora de ir volviendo, por lo menos de dar un pequeño paseo en el kayak más allá de la aldea a ver qué más había y luego ya volver a Starfish porque la marea empezaba a bajar, y algo se vería.
Después de unos 15 min en el kayak y de llegar hasta una especie de playa embarcadero, decidí volver porque eran las 3pm y se estaba empezando a poner un aire muy sospechoso…
Tenía un largo viaje de vuelta kayakeando y la cosa, casi nada ma empezar se volvió un poco difícil. El aire empezaba a azotar con fuerza y por tanto el mar se empezó a erizar. Lo que en la ida fue un paseo con esfuerzo modo Craviotto, en la vuelta el viento no me dejaba orientar el kayak y las olas empezaban a saltar por encima de la proa de mi embarcación. Eran momentos de gran emoción y está vez me tuve que poner en modo Hulk para poder mover aquello. Ese fue el segundo error, subestimar el clima, pensando que iba a ser tan benévolo como en la mañana.
Como la cosa se estaba poniendo seria, y el agua empezaba a salpicar por todos lados, me aseguré que el móvil estaba en el compartimento que yo pensaba era estanco y éste estaba bien cerrado. Apreté dientes y empecé a remar con todas las fuerzas para poder avanzar en la dirección deseada porque el viento me lo ponía difícil y las olas más. Para colmo, el cielo se empezó a poner negro, así de repente, como el que llama al telefonillo de casa sin avisar de que viene a verte. A mí parecía decirme: «somos nosotros, que venimos a hundirte el kayak».
La isla de Starfish se empezaba a divisar porque la marea estaba bajando, pero aún quedaba un buen trecho, y ahí tuve que decidir si intentar llegar a ella o resguardarme de la fuerte lluvia que empezó a caer en tierra firme que lo tendría a 1km de distancia. Lo que faltaba. Yo decía, «pero qué diablos es esto. Hace un rato estaba degustando esa sardinita del abuelo con un calor de narices, y ahora estoy aquí en medio de las olas, con un viento infernal y con el gran diluvio».
Me fui a tierra firma, kayakeé a todo lo que daban mis fuerzas para salir del viento, las olas y la lluvia. Al llegar a tierra firme saque las cosas de los compartimentos estancos y comprobé que no eran estancos. Había entrado agua por algún sitio a pesar de asegurarme el cierre de ambos. Tenía la mochila algo mojada, no mucho pero sí se notaba qu ahí dentro había agua. Lo mismo con el compartimento del móvil. Asome la gaita por el agujero preparado para guardar las cosas y efectivamente comprobe que se había filtrado agua por alguna junta. Saque las cosas y me resguarde debajo de las palmeras de la playa donde había llegado y a modo de tejado me construí un pequeño refugio para la mochila y móvil con hojas de palmeras secas que había por el suelo. Estaba calado hasta los dientes pero la sensación bajo la llviaxen aquella playa desierta no sabía tan malDespies de unos veinte minutos de aguacero el viento se echó y el mar volvió a quedarse casi como un plato. El cielo todavía seguía algo gris pero se empezaban a ir viendo claros y en breve, las nubes quellegaron de repente, se fueron con la misma urgencia.
Una vez que el temporal escampó volví a coger el kayak y me fui a Starfish. Está vez sí que llegué en el momento en el que la isla emerge y puedes apreciar las numerosas estrellas de mar que quedan al descubierto y como estás en un titánico esfuerzo mueven lentamente sus brazos para recuperar su posición bajo el agua.
Estábamos solos allí un par de kayak que llegaron un poco más tarde que yo y algún barco turístico de los qu tienen su paso por este punto. Y como suele pasar, el temporal dio paso a un atardecer épico con colores violáceos difíciles de describir con palabras. Intenté sacar el móvil para hacer algun video pero la pantalla tras un amago, se torno negra. Pensé que habría sido algún reinicio repentino como me ocurría en algunas ocasiones pero ya no volví a poder encenderlo nunca más. Hacia como una especie de vibración al intentar encender pero la pantalla estaba muerta. Me temí lo peor.
Qué hora será. Hacia tiempo no había mirado la hora, y sin móvil no tenía forma de saberlo. Cuando pregunté hacia ya un rato a uno de los capitanes del barco turístico que estaba esperando el regreso de los pasajeros, que andaban divisando estrellas de mar, me dijo que eran las 4.30pm, y ya había pasado un buen rato de aquello disfrutando en la soledad de la mini isla y del inicio del atardecer. No había nadie más para preguntar la hora y en mi cabeza resonaba la única frase que me dijo el paisano del kayak antes de salir, «a las 6pm aquí». Ups, igual llego tarde, me queda por lo menos una hora desde aquí a la playa del pueblo kayakeando a buen ritmo, pensaba.
Sin más demora volví a embarcar en el mítico kayak con la sensación de que seguramente me tendría que comprar un nuevo móvil con todo el jaleo que ellos conlleva. Qué ue pereza más grande. Según iba remando quedaba a la derecha un cielo que ni el mejor de los pintores hubiera sido capaz de reproducir pero no podia quedarme embelesado, «a las 6pm aquí». Era tarde fijo porque esos colores posteriores al atardecer suelen caer sobre las 6.30 o 7pm. Llegué a unos 100 metros de la playa y su orilla estaba ocupadísima con embarcaciones típicas filipinas preparadas para el siguiente día y yo realmente no me acordaba en qué punto había partido esa mañana. Iba kayakeando detrás de los barcos despacito para ver si me acordaba de alguna referencia pero solo veía los chiringo con música en directo que a los giris les encanta ir. De repente, escuché unos gritos y un paisano que desde la orilla me hacía gestos con los brazos. Uy uy uy, parece enfadado. Reme sin titubear hasta su posición entre los pequeños barcos que copaban la orilla y mienrraa mascullaba en filipino, hacia gestos de qué horas son estas, entiendo que echándome la peta por llegar tarde. le pregunté la hora y me dijo que las 7pm. I am sorry sir.
Dejado el kayak y vuelto a comprobar que el móvil no iba, fui a mi cabaña con la esperanza que al conectarlo a la corriente éste volviera a la vida como si de un desfibrilador se tratarse. «Trata de arrancarlo Carlos» como diría Luis Moya a Carlos Sainz en aquella ya mítica situación que tuvieron ambos a escasos metros de la meta y que les privó de conseguir otro mundial de rallyes.
Aquello no iba de ninguna manera. Sólo parecía que cobraba un poco al intentar arrancarlo pero la pantalla estaba negra. Parecía que el móvil no estaba muerto del todo, así que salí a la recepción del Home Stay y traa contarle a la chica toda la movida, le pregunté si había alguna tienda de reparación de móviles por el pueblo. Me dijo que había una y fui para allá. La tiendita era minúscula y había allí una mujer y un hombre jugando con el móvil y un montón de herramientas típicas para abrir pantallas y demás trabajos con los dispositivos electrónicos. por un momento pensé que iba a tener suerte y que está gente me lo iba a arreglar, así que le conté la peli a la joven y me dijo que lo iba a abrir, que le llevaría un par de horas. «Me voy cenar algo y vengo luego».
No me fui muy lejos y siempre con la mirada puesta en la tienda fui a mi garito de pasta de confianza donde me daban buenos espaguetis con precio filipino. Mientras comía y me esperaba lo peor, empecé a pensar como avisar a mis seres queridos para que al escribirme y no contestar, no sé preocupasen.
Después de una cena rápida en la que no le dicdos horas a la joven, volví a la tienda a ver cómo iba la cosa y allí me comentó la chica que el móvil tenía la placa de la pantalla mojada y se había sulfatado. Muerto. Se confirmaron los presagios. Que pereza más grande.
Cuando llegue a la cabaña y volví a conectar el móvil a la corriente éste ya no hacía el giño de la vibración, si estaba muerto, está gente de la tienda le ha dado la puntilla. Salí a recepción y empezó la operación «Cambio de móvil». Lo primero era avisar, me imaginaba que sobre todo Rocío estaría preocupada porque no había escrito durante todo el día cuando suelo hacerlo, así que le pedí a la chica de recepción si me podría dejar un dispositivo o algo para poder comunicarme por mail. Me dijo que preguntaría a ver si estaba su hija y me podía dejar su portátil. Mientras, me fui a la habitación a organizar mochila y pensar todo el proceso a seguir y a ver si tenía la tarjeta Sim del número de Digi.
No aparecía la tarjeta por ningún lado y pensé que iba a estar difícil que los contactos de España se pudieran comunicar conmigo pero bueno eso ahora era lo de menos, lo importante era avisar.
Y de repente, un toc toc toc en la puerta me sobresalto y le se que era la mujer de recepción con un dispositivo para comunicarme con el exterior pero al abrir la puerta lo que me encontré fue el móvil de la señora de recepción, con el icono de Rocío en su pantalla, acercándomelo al oído. Me quedé sorprendido y al llevármelo a la oreja, escuché la voz entrecortada de mi pareja aliviada por saber que me encontraba bien y no hacía en el fondo marino como ella había supuesto al no dar señales de vida.
Y es que mientras yo me organizaba y preparaba todo lo necesario para la operación «Cambio de móvil», en España mis seres queridos ya estaban casi llamando a las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado para fletar un avión a Port Barton y sacarme del agua.
Así fue la historia del no hundimiento de Puertiman, osea yo, que finalmente compró un nuevo dispositivo con el que ahora está escribiendo estas líneas.