Eran momentos de gran emoción. Después de 11 meses, Rocío y yo volvíamos a encontrarnos. El lugar, el aeropuerto de Colombo a las 3am del día 6 de julio de 2027. La vida es caprichosa y nunca sabes lo que te espera. Quien lo hubiera dicho años atrás.
Aunque pueda parecer sorprendente por las horas que eran, el aeropuerto era un hervidero de gente, de taxis, mucho movimiento. Y eso hacia que el coche privado del hotel donde íbamos a pasar esa noche antes de partir a Sigiriya e iniciar nuestra ruta, no pudiera parar en la zona de llegadas. Eso provocó que Rocío llegará antes, tuviera que esperar y no hubiera ese efecto sorpresa que tenía preparado. Que se le va a hacer pero la alegría de volvernos a ver y fundirnos en un abrazo fue un momento de subidón tremendo. Ya estábamos de nuevo juntos.
Esa noche la pasamos en un hotel cerca del aeropuerto de Colombo para que el día siguiente, común coche privado gestionado por el propio dueño del hotel, pusiéramos rumbo a nuestro primer destino juntos, Sigiriya.
Sigiriya, uno de los vértices del triángulo cultural, tiene varias excursión interesantes aunque tengo que decir que Sri Lanka me ha sorprendido por los desorbitados precios para los turistas. Los sartenazos en casa monumentos o punto destacado son insultantes comparados con el resto de países asiáticos por los que me he movido. Por ejemplo, subir a la roca más emblemática de sigiriya costaba 30€. Jjaaja on ese dinero paso 1 semana en la india. Increible. Como podéis imaginar no subimos a dicha roca y nos fuimos a la alternativa que está justo en frente, es casi gratis y las vistas son similares.
El alojamiento de Sigiriya fue un espectáculo, estaba un poco retirado de todo y además se veía la emblemática roca al salir al porche. Frescos, tranquilos y con buenas vistas. No sé puede pedir más.
Otro de los grandes momentos de esta zona fue el safari por el parque de Mineriya, para ver elefantes. Qué animal. Por muchos que haya visto a lo largo de este viaje, volver a verlos en grandes manadas, pasando cerca de la laguna en esas vastas extensiones siempre es un regalo de la naturaleza que tanto debemos cuidar.
Allí tengo que destacar el ataque que sufrí a lomos de nuestra moto alquilada durante tres días, de una abeja gigante. Íbamos tranquilamente por una de las carreteras secundarias de la zona, dirección a uno de sus tranquilos lagos, cuando noté en mi puño izquierdo que algo grande se posaba en él. Cuando quise mirar hacia el puño, noté como un tremendo punzón me pegaba un picotazo en la última falange del dedo anular. No vi ningún bicho, solo sentía un increíble dolor. Di varios tumbos con la moto, no sé ni cómo conseguí mantenerla en pie y mientras gritaba del dolor, orille la moto al pequeño arcén de la carretera que por suerte no llevaba casi nadie y Rocío la sujetó mientras yo daba brincos de dolor y maldecía al maldito bicho. La moto que venía detrás pero al ver la escena y me dijo que efectivamente habría sido una típica abeja gigante de la zona que al chocar con mi puño se sintió en peligro y lanzó el aguijón. El dolor era muy agudo y el dedo en un momento se me puso como una porra.
Abeja gigante que mal recuerdo.