La salida de Seúl estuvo pasada por agua, pensaba que si el tiempo seguía así no podría ir al parque nacional de Seoraksan, pero nada más lejos de la realidad, según avanzábamos, el cielo se iba despejando y al llegar a Sokcho el día estaba totalmente azul.
El hostel de Sokcho estaba al lado de la estación de buses así que dejé la mochila y salí a recorrer la ciudad. Sokcho es una ciudad de mar y famosa por su pescado y marisco, así que nada más dejar la mochila fui al puerto a ver qué se cocía y nunca mejor dicho.
Las decenas de Chunguitos del puerto estaban de bote en bote. Y todos comiendo calamares, pulpo y otros peces de la zona, cocinados al estilo de Korea, con miles de platillos de guarnición y con arroz y nuddles.
El idioma es una barrera en estos países. Yo intentaba decirles que quería comer y por cada uno de los locales que pasaba no me entendía. Y me hacían esperar. Debe ser que mis pintas no les hacía ver que me fuera a dejar mucha pasta, así al final, no entré en ninguno y acabé comiendo, bastante bien pero no pescaito, en un local al otro lado de la avenida que pasa cer a del puerto. Ya probaría esos calamares en mercado de. Sokcho por la noche.
Sokcho me sorprendió por su ambiente y por la zona de playa que tiene. Tiene una especie de lago con un corredor verde que lo bordea muy bien acondicionado para el paseo y el deporte. Además hay una torre desde la que tienes unas vistas espectaculares de la propia ciudad y las montañas de seoraksan al fondo, pero no muy al fondo porque el parque nacional está a tiro de piedra.
Tambien tiene un mercado muy animado de comida callejera que por las noches reúne a turistas y locales.
El plato fuerte era el parque nacional, así que al día siguiente me desperté muy pronto y fuimos para allá en el bus. Tarda solo unos 30 minutos en llegar a la puerta del parque.
El parque tiene varias rutas interesantes siempre con el río a un lado.Algumaa de ellas requieren pasar noche en alguno de sus refugios y las otras son más para el día. Esas son las que hice yo. Como llegue muy pronto me dio tiempo a hacer dos rutas lo que provocó serias agujetas al día siguiente. Y es que ambas rutas, con un bonito camino bañado por el río tenían como destino, por un lado una cascada de 320m que podías ver desde la distancia cuyo ascenso tenía 900 durísimos escalones. Y por otro lado, una cueva budista enclavada en el interior de una roca a la que para llegar a ella había que subir, por no decir escalar otros tantos peldaños de una escalera metálica que habían creado para tal ascenso. Brutal el último esfuerzo hasta la cueva budista aunque una vez arriba el mismísimo buda me volvió a dar energías para volver al pueblo
Un día espectacular como siempre que uno se adentra en parques naturales y ríos con agua fresca.